—Tendrás que admitir que Peter Lanzani es tan guapo que se puede permitir el lujo de ir por ahí regalando esposas de diamantes —bromeó Rocio—. Di ahora que serías capaz de decirle que no si te propusiera pasar la noche con él.
Lali intentó reírse, pero se había quedado sin aliento. De haberlo podido recobrar, habría llorado de dolor.
Lali no se lo podía creer.
Su Peter era el presidente de Venstar, el increíblemente rico hombre de negocios que se dedicaba a coleccionar mujeres.
Sintiéndose increíblemente avergonzada y dolida, se estremeció. ¿Por qué le había mentido? ¿Por qué le había dejado creer que era un empleado más? ¿Por qué le había hecho aquello? ¿Que pervertido sentido del humor tenía aquel hombre?
Al recordar que lo había criticado, se preguntó si no habría sido precisamente por eso por lo que se había acostado con ella. Sintió náuseas. ¡Cómo se debía de haber reído Peter a su costa!
Peter, que estaba en aquellos momentos pronunciando un discurso, la vio a lo lejos y la reconoció al instante a pesar de que llevaba el pelo recogido en una coleta y la cara sin maquillaje.
Frunció el ceño. ¿Por qué demonios no se había quedado en el hotel? La vio salir precipitadamente de la sala y supo que se había dado cuenta de su verdadera identidad.
Su primera reacción fue correr tras ella, pero no quería mezclar el placer con el trabajo, pues ya había sido suficientemente indiscreto la noche anterior.
Molesto, se dijo que Lali debería haberlo obedecido y se debería haber tomado el día libre. ¿Por qué era tan cabezota? Al no haberlo hecho, se había enterado de quién era bruscamente y no a lo largo de una agradable velada.
—No me creo que llegues tarde precisamente hoy por casualidad —le estaba diciendo Mercedes en aquellos momentos a Lali—. Por tu culpa, no he podido presentar las cifras del proyecto Kelvedon porque no tenía ni idea de que habías mandado el expediente de vuelta al departamento de adquisiciones —la acusó—. ¡Me has hecho pasar una vergüenza horrible!
Las empleadas que había alrededor se quedaron de piedra ante semejante ataque, pero Lali estaba demasiado preocupada con el tema de Peter como para sentirse ultrajada. No dijo nada, pues todo aquello le pareció ridículo.
—A partir de ahora, quiero que ocupes mi antigua mesa —añadió Mercedes.
—Muy bien —contestó Lali comenzando a vaciar sus cajones.
—Ah, por cierto —sonrió Mercedes—, voy a necesitar una copia de la presentación que ibas a realizar en la reunión de esta tarde con el señor Lanzani.
—No he preparado ninguna presentación —contestó Lali.
— ¿Cómo que no? —exclamó su nueva jefe iracunda.
—No, no lo he hecho —insistió Lali.
mas please
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