-Con ese cuerpo que tiene, no le debe ir nada mal en el trabajo -dijo Mariano mirando a la mujer con una sonrisa maliciosa-. ¿Estás preparado para tu próximo matrimonio? Paula cumple los requisitos de la esposa perfecta: es una chica de buena familia y sabe cuál va a ser su papel. Y si no, ya te encargarás tú de recordárselo.
Ese comentario disgustó a Peter. Mariano siempre le había caído mal, pero era miembro de su familia y había sido educado en la creencia de que la familia era fundamental.
-No quiero hablar de mi compromiso -murmuró Peter, arrastrando las palabras. Trató de disimular la incomodidad que su primo le producía.
Peter pertenecía al clan de los Lanzani y Paula al de los Reca. Las dos familias tenían muchos negocios en común y este matrimonio era la manera de sellar para siempre sus relaciones. Con el casamiento se aseguraban poder y riquezas para las generaciones venideras. Nadie esperaba que le fuera fiel a su futura esposa, pero tampoco era cuestión de proclamarlo a los cuatro vientos.
La vulgaridad de su primo lo exasperaba. Peter no soportaba los halagos que le hacía; sabía por experiencia que siempre había algún motivo interesado para adularlo. Mariano recurría a él cada vez que necesitaba dinero. Había iniciado numerosos negocios y había fracasado en todos, recurriendo siempre a él para que lo ayudara con la cantinela de que no quería que su familia se enterara y se viera afectada por sus errores. Era un derrochador y presumía de no haber tenido que trabajar ni un solo día en sus cuarenta y tantos años de vida.
Seis meses atrás, Peter había intentado acabar con esa leyenda de vago de su primo y le había dado un empleo en la sede que una de las compañías de transportes pertenecientes al imperio Lanzani tenía en Londres. Confiaba en que rehiciera su vida lejos de las tensiones familiares. Para que comenzara su vida desde cero, Peter había pagado todas las deudas de Mariano. Cuando su abuelo se enteró de que le había dado un empleo, este rió con ganas.
-Mariano es una sanguijuela. En toda familia hay, una -le había dicho su abuelo Alejo-. Al menos nosotros somos lo suficientemente ricos para mantenerlo. Yo que tú le pasaría una cantidad mensual sólo para que se mantuviera alejado de nosotros y no nos molestase. Hagas lo que hagas, no conseguirás que cambie.
Incluso Alejo había hecho una apuesta con su nieto: estaba seguro de que en pocos meses Mariano volvería a las andadas.
Peter había aceptado la apuesta. Estaba harto de que fuera el clan Lanzani el que corriera con todos los costosos caprichos de la esposa e hijas de Mariano. Aunque respetaba la opinión de su abuelo, alguien tenía que pararle los pies a su primo.
Ahora se daba cuenta de que había perdido la apuesta.Mariano no mostraba ningún interés por hacer bien su trabajo, traicionando así la confianza que había depositado en él.
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