Contemplaba el absorto rostro de ella y cuando su boca bajo con indolencia para capturar la de Lali, pareció por completo natural; pero ella sintió que el corazón amenazaba con salírsele del pecho, y la descarga de electricidad sexual hizo que los huesos se le volviesen de gelatina. Entonces Peter levantó la cabeza y se alejó a prudente distancia. Claro, pensó ella, «¿cómo va a querer besar a una mujer embarazada de ocho meses?» Tuvo la masoquista tentación de preguntarle quién lo esperaba en el apartamento de Londres, pero no quiso arriesgarse a escuchar la verdad. A pesar de las muchas otras mujeres que él hubiese tenido, aún lo necesitaba y lo quería en su vida. Así que quizá hubiera llegado el momento de sincerarse con él.
-En Dominica te vi besar a Mei Ling -expresó de un modo repentino.
-Lo sé -confesó él, aunque sorprendido por la buena memoria de ella.
Lali sintió el impulso de arrojarle la botella de champaña.
-¿Es eso todo lo que tienes que decir? -preguntó.
-¡Ella se me abalanzó! -el brillo animal de sus ojos hizo que Lali le creyese.
-¿Por qué no me lo dijiste? -demandó Lali mientras hurgaba en la canasta.
-Nunca me lo preguntaste. Deja eso, yo te sirvo. Tú descansa. Por la tarde debo tener tu respuesta.
-Creí que ya habías decidido por mí.
«¿Tratas de engañarlo a él? A ti misma no puedes engañarte. En realidad ya has tomado una decisión, pero sacas a relucir objeciones para que él las desmorone de nuevo. No puedes darle la espalda a un deseo que te viene del corazón. No seas egoísta».
-Con la experiencia que me da el haber tenido un padre y tres padrastros, ten por seguro que con la existencia de un hijo nunca te concederé el divorcio.
Aunque él no lo supiera, esa frase fue para ella un consuelo. Viviría en aquella casa campestre y no sería ninguna molestia para él, quien estaría fuera por lo menos dos de cada tres semanas. El niño era muy importante, y para él era mejor contar con la presencia ocasional de su padre, que no contar con él en absoluto.
-De acuerdo -dijo de pronto. Trato de no demostrar demasiado entusiasmo, pero algo debió transmitir, pues Peter se volvió a mirarla-. No me gusta vivir sola -añadió-, y el campo es muy bonito.
-Yo estoy incluido en el trato.
-Sí, por supuesto, sería difícil que no fuera así -replicó Lali-. Espero que la casa sea grande -ahogó un bostezo y al poco rato, a pesar del escrutinio de él, se quedó dormida.
Le parecía que había transcurrido muy poco tiempo, cuando él la despertó.
-En casa dormirás más a gusto -la ayudó a ponerse las zapatillas.
Diez minutos después, el coche los conducía por un rústico camino que serpenteaba entre el bosque, hacia la casa, la cual no era tan grande como Lali se imaginaba y temía, y se erguía en un delicioso lugar rodeado de altos y hermosos árboles, lo que constituyó una sorpresa.
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