Transcurrió un largo lapso antes de que permitiesen a Peter estar de nuevo al lado de Lali, quien ahora sí se encontraba muy cansada. Los mellizos gozaban de buena salud y eran de pelo negro como Peter, pero con ojos muy claros, característica que ella sospechó que también provenía de la familia de él. Aunque los dos pequeños estaban un poco faltos de peso, el pediatra aseguró que era normal en sus circunstancias.
-Pasé mucho miedo ahí dentro -manifestó Peter ante Lali al sentarse en el borde de la cama-. Gracias a Dios que estás bien, porque lo estás, ¿verdad? Y ellos... -su semblante adquirió un aspecto soñador -ellos son muy bonitos; pero... ¿se supone que deban ser tan diminutos y arrugados? ¿Por qué no procuras dormir un poco? Yo me quedaré aquí a tu lado.
Bueno, pensó Lali al borde del sueño, si ella no había logrado despertar el amor de ese hombre, era obvio que los bebés lo habían logrado a primera vista. Ella nunca olvidaría aquella mirada de mágico éxtasis que apareció en los ojos de él al nacer los niños. Quizá su entusiasmo no fuera muy duradero, pero Lali presintió que se trataba de un lazo que nunca se rompería y cuya existencia ella nunca había sospechado.
-Has cambiado mucho -expresó Agustin con cierto tono de reproche-. Pero te ha ido bien. Te diré que nunca esperé ver que Peter sentaría cabeza, pero con los niños... -en su pomposa voz surgió un atisbo de burla-, no tenía mucha opción.
-En tu lugar, yo no volvería a repetir esa insinuación -la suave intervención de Peter desde el umbral de la puerta, los hizo volver a ambos la cabeza. Peter se acercó a su esposa y le pasó un brazo por los hombros, mientras contemplaba el ruborizado rostro de Agustin-. ¿Qué sucede con la familia Esposito, ni siquiera en un bautizo pueden controlar su mala educación?
-No me gusta decirlo -manifestó Lali al alejarse en compañía de Peter-, pero tú tenías razón. Excepto Vico , ellos vinieron sólo a criticar.
-Creo que ya se van.
Al comprobar que, en efecto, los Esposito se iban, Peter retiró su brazo, lo que no le extrañó a ella, pues él en raras ocasiones, excepto en público, la tocaba, y Bruno y Alegra ya hacía siete semanas que habían nacido.
Los dos cónyuges se llevaban bien en apariencia, pero dormían en habitaciones separadas. No obstante, ella se sentía más enamorada que nunca. Él hacía un evidente esfuerzo para portarse bien, y Lali se preguntó por qué entonces se sentía molesta.
Sabía que no era justa, pues Peter no le había hecho ninguna promesa.
-Voy a ver a los mellizos -dijo.
-¿Y para qué tienen una niñera?
Ella se rió, pues no era extraño encontrar a Peter a las seis de la mañana en la habitación de los niños, estorbando el trabajo de esa misma niñera de almidonado uniforme.
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