El ruido de unos cascos sonaron en el camino y el débil rugido de un motor la hicieron moverse antes de que el resplandor de unos faros traspasara la creciente oscuridad del crepúsculo que empezaba a engullir el paisaje.
Davis llevó al prado a los caballos que faltaban.
—¿Están todos bien? —le preguntó Lali angustiosamente.
La puerta del conductor del Range Rover se abrió y emergió Peter con la elegancia letal de una pantera.
—Ninguno está herido, pero no mereces haber tenido tanta suerte —le dijo fríamente—. Estos caballos han estado sueltos una hora, por lo menos.
Stefano salió entonces desde detrás del seto y Peter se quedó momentáneamente rígido y con el ceño fruncido. Era mucho más alto y fuerte que Stefano, y de aspecto mucho más amenazador.
—No deberías hablarle así a Lali —le advirtió Stefano
.
—No pasa nada, de verdad. Las palabras no hacen daño —se apresuró a intervenir Lali, intentando impedir que Peter le dijera algo cortante y ofensivo a su hermanastro—. Aún no te lo he contado, pero Peter y yo somos socios en las cuadras.
—¿Desde cuándo? —le preguntó Stefano con asombro—. ¿Por qué no me lo dijiste? ¿A qué viene ese secretismo?
—No me pareció importante —mintió Lali, sin mirar a su hermano a los ojos. Había ocultado sus dificultades porque sabía que Stefano se habría ofendido de que ella no le pidiera ayuda económica.
Peter le dio las gracias a Davis y le permitió marcharse, y se apoyó de modo casi indolente en el capó de su todoterreno. Estaba completamente relajado y no hizo el menor intento para unirse a la conversación. El tipo rubio que estaba con Lali no era su ex, Benjamin. Nada más ver al joven se había dado cuenta de que los rumores del pueblo habían malinterpretado la verdad. El invitado de Lali no guardaba ningún parecido con las fotos que Peter había visto. En realidad, era bastante obvio que el visitante, con quien Lali compartía la misma piel blanca y los mismos rasgos delicados, era un familiar.
De repente, Gas acudió al rescate de Lali al recordarle a Stefano que sus nuevos amigos estarían esperándolo en Dooleys.
—Seamus me ha conseguido una flauta y voy a improvisar esta noche con ellos — explicó Stefano a Lali—. ¿Estarás a tiempo en casa? Me gustaría que vinieras.
Tensa como estaba, Lali se emocionó por el deseo de su hermano de que lo oyera tocar. Lo vio alejarse con Gas y levantó la cabeza, demasiado consciente de la silenciosa presencia de Peter.
—Me temo que no tengo nada más decir sobre la verja —declaró, aunque no se atrevía a mirarlo a los ojos—. Cuando la vi por última vez, estaba firmemente cerrada.
Peter avanzó con fluidez hacia ella. Sus pasos hacían crujir suavemente la hierba.
—La verja me importa un bledo.
Lali se quedó atónita por su rechazo del tema en cuestión.
—Lo siento... no lo entiendo.
Peter le tomó las manos apretadas en puños y, haciéndole extender los dedos, las cubrió con las suyas propias.
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