Saturday, October 10, 2015

capitulo 82

—No, no lo soy...
—No me estás escuchando... Eres preciosa, a mhilis.
Animada por el cumplido, Lali resistió el impulso de abrazarse a sí misma para ocultar sus generosas curvas y en vez de eso se quitó los zapatos. Él la levantó en sus brazos y, tras dejarla suavemente en la cama, se apartó y se quitó con despreocupada elegancia la chaqueta y la corbata, dejándolas caer al suelo.
—Eres muy desordenado —dijo ella con un hilo de voz, esforzándose por no recoger las ropas desperdigadas por el suelo que tanto ofendían su innato sentido del orden.
Una sonrisa irreverente curvó la boca de Peter.
—Fui un niño mimado.
—Me lo imagino... Los criados tenían que hacerlo todo.
La sonrisa de sincero reconocimiento que esbozó Peter despertó una extraña sensación de euforia en Lali.
—Pero nunca es tarde para aprender nuevos hábitos —dijo ella.
—Tendrás que enseñarme.
A Lali se le secó la boca cuando la camisa desabrochada de Peter se abrió para revelar un pecho esculpido en fibra y músculo. Se quedó ensimismada por la increíble visión. Hasta ese momento nunca había apreciado que un hombre también pudiera ser hermoso, y la carga sexual que su cuerpo masculino irradiaba la mantenía embelesada. Con las mejillas encendidas, respiró honda y temblorosamente y consiguió apartar la mirada de él. Quedarse boquiabierta no era una reacción muy sofisticada ni sensual.
—Así que el desorden te molesta... ¿Qué más? —le preguntó Peter, moviéndose lentamente hacia ella.
—Ahora mismo no puedo pensar en nada... —murmuró. Y era cierto. En aquel momento tenía la mente en blanco.
La lengua de Peter se entrelazó con la suya, antes de pasar los labios sobre la delicada curva de su mandíbula y la esbelta columna de su cuello, donde el pulso le latía nerviosamente.
—No quiero que pienses —le dijo—. Sólo quiero que sientas.
Lali no era más que un manojo de nervios e impaciencia líquida. El resto de sus prendas desapareció sin que ella se diera cuenta. Peter hundió el rostro entre sus exuberantes pechos con una avidez que la hizo jadear involuntariamente. El calor le empapó la pelvis, mientras pequeños temblores de tensión la recorrían de arriba abajo. Nunca había sabido que el deseo físico pudiera llegar a doler.
Cuando él le permitió volver a tomar aire, se deshizo en agónicos jadeos en busca de oxígeno.
—¿Qué te resulta tan sorprendente? —le preguntó él, como si fuera capaz de leer sus pensamientos y emociones.
—Nada... —murmuró ella, pero estaba absolutamente maravillada por lo que estaba experimentando. La vergüenza por ser tan ignorante le hizo ocultar la verdad de que nunca se había excitado tanto con nadie. Descubrir a los veintiocho años que su capacidad para disfrutar era mucho mayor de lo que siempre había creído era todo un shock. —¿Hablabas en serio cuando me dijiste que me has deseado desde el primer momento que me viste? —le preguntó ella bruscamente.
Él la miró con una expresión divertida.
—Desde luego que sí... Tienes un cuerpo de fábula.

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