—No, no es la clase de hombre que se sienta cómodo hablando de cosas como ésta. Pero he visto cómo se preocupa por tí, y creo que te entiende más de lo que tú misma te imaginas. Él tampoco tuvo una vida muy feliz en casa cuando era niño.
La joven no pudo ocultar la sorpresa que le produjo aquella revelación.
—¿Lo dices en serio?
—Tal vez tu hermano y tú tengáis más en común de lo que crees.
—Sí, como que soy rica y lista —farfulló Daniela.
—Él también es muy irónico.
—¿Está furioso conmigo?
—Está más preocupado que furioso. Por favor, deja que lo llame y le diga que estás sana y salva.
—No... Yo lo haré —murmuró Daniela—. ¿Estás saliendo con él?
—No —respondió Lali—. Pero hoy me ha llevado a las carreras de Leopardstown.
—¿Y eso no es estar saliendo juntos? —preguntó Daniela, debatiéndose ante el teléfono como si fuera un objeto peligroso que fuera a atacarla en cualquier momento.
No cuando la relación se había acabado antes de que empezara, reflexionó Lali, repentinamente seria.
¿Por qué se había acostado con él? ¿Cómo era posible que en su momento todo le hubiera parecido tan maravilloso cuando visto en perspectiva le resultaba un craso error? ¿Cómo había llegado a creer que podía manejar una aventura sexual? ¿Qué clase de idiota era, pensando que podría renunciar a sus principios y salir impune? Porque ahora, en vez de la firme creencia de que podía disfrutar de la pasión sin compromiso, se sentía vulgar, estúpida y tremendamente desgraciada. Unas pocas horas y todo había terminado. Sólo de pensarlo se encogía de vergüenza.
Una llamó al móvil de Peter. Decidida a no interferir, Lali permaneció en el interior de la casa cuando la joven salió al encuentro de su hermano. Unos minutos más tarde, Peter apareció en la puerta en persona.
—Gracias —dijo, con una expresión extrañamente abierta y sosegada—. Es la primera vez que Daniela no me trata como a un enemigo. Te lo debo a ti.
—No me debes nada.
—Aprende a aceptar con elegancia los cumplidos, la gratitud y los regalos — replicó Peter con voz suave como la seda—. No voy a cambiar ahora la costumbre de toda una vida.
La esperanza prendió en el interior de Lali, que se apresuró a sofocarla, enojada consigo misma. No iba a empezar a buscar mensajes subliminales en cada comentario de Peter. Ni tampoco iba a dar un brinco de dolorosa expectación cada vez que sonara el teléfono a la semana siguiente.
—Yo tampoco —dijo, reprimiendo un sugerente bostezo. Era un modo de insinuarle que la estaba manteniendo de pie en la puerta.
La ruptura con Benjamin la había convertido en una mujer más dura y curtida, se dijo a sí misma, y Peter ya era agua pasada. La había usado como un medio para desahogarse y le había herido momentáneamente el orgullo. ¡Pero eso era todo! Y, naturalmente, siempre podía sacar algo en positivo. Ahora que sabía lo
que era ser utilizada para una breve aventura, y si hacía caso de la sabiduría popular, estaba en una excelente condición emocional para involucrarse en una relación más profunda y duradera con otra persona.
otro =)
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