Sunday, October 11, 2015

capitulo 91

Peter se despertó de golpe por un ruido infernal. Parecía una mezcla entre un aullido animal y el escalofriante roce de una tiza contra una pizarra.
Un gallo flaco y blanquinegro había tomado posición en la desgastada estatua de Neptuno que estaba emplazada bajo su dormitorio. Peter se levantó de la cama y se acercó a la ventana más próxima. El ave emitió otro horrible chirrido, antes de bajar de la estatua, revolotear frenéticamente sobre la valla y desaparecer entre los altos hierbajos del prado.
—No me puedo creer que no hayáis oído el escándalo que ha montado ese pajarraco esta mañana —comentó Peter en la mesa del desayuno.
—Tengo el sueño muy profundo —dijo Daniela, decidida a proteger a Albert, el gallo de Lali.
—A mis setenta años no puedo aspirar a oír como un hombre joven —dijo Tolly con expresión divertida.
Para Lali el día había tenido un comienzo igualmente animado. Habiendo tardado en conciliar el sueño, durmió más de la cuenta y se levantó en un estado frenético. Tuvo que saltarse el desayuno y correr a dar de comer a los caballos, ya que no le parecía justo aprovecharse de la presencia de Davis si ella estaba en casa. Luego, tuvo que comprobar y ordenar los artículos para la tienda que le habían llegado en un envío masivo. El sábado próximo era el día fijado para abrir el negocio. Para dar publicidad a la inauguración, había organizado con ayuda de varios padres una gincana para ese día, y había prometido que donaría un porcentaje sustancial de sus beneficios a una institución benéfica. Para promocionar las cuadras de Lanzani Court por todos los medios posibles, había pedido a la radio local que cubriera el evento.
Al mediodía aún seguía corriendo contrarreloj y tuvo que volver a la casa para cambiarse de ropa. Se puso lo primero que encontró y salió disparada hacia el aeropuerto. Cuando estaba a mitad de camino se dio cuenta de que se había puesto una camiseta blanca y una minifalda rosa que tendría que haber tirado mucho tiempo atrás, de no habérselo impedido su tacañería.
El vuelo de su hermano ya había aterrizado cuando ella llegó al aeropuerto. Stefano estaba sentado en un banco, intentando pasar desapercibido con unas enormes gafas de sol y un sombrero texano que le cubría sus mechones rubios y puntiagudos. Lucía tantas etiquetas de diseño, que Lali pensó que tintinearía como un cascabel si lo sacudía.
—¡Siento llegar tarde! —exclamó ella con voz ahogada.
Con el cariño habitual que prodigaba a su familia y a sus fans, Stefano rodeó a su hermana con los brazos para darle un fuerte y efusivo abrazo.
Lali se fijó entonces en el pequeño vendaje que le cubría parte de la nariz.
—Dios mío... ¿qué te ha pasado? ¿Has tenido un accidente?
—No... me enderecé la nariz hace unos días —admitió Stefano. El tono tan bajo con que lo dijo le advirtió a Lali que su incursión en el mundo de la cirugía estética era un asunto de máxima confidencialidad.

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