Lali se quedó atónita, pero se tragó cualquier comentario o crítica a la decisión de su hermano. Después de todo, Stefano trabajaba en una industria que le daba una importancia crucial al aspecto. Había nacido con una nariz respingona y poco agraciada que le daba aspecto de duende y por la que sin duda había sido objeto de burlas, pensó Lali tristemente. Era un rasgo genético que toda la familia compartía, hasta que él había decidido borrárselo. Lali tuvo que reprimir el impulso de tocarse su propia nariz.
Stefano agarró su bolsa y miró a su hermana de arriba abajo.
—Por cierto, estás muy guapa —dijo, sacudiendo lentamente la cabeza—. ¡Librarte de Benjamin ha sido sin duda lo mejor que te ha pasado nunca!
—No me vengas con adulaciones —replicó ella, girando la cabeza bruscamente. Tenía la extraña sensación de que la estaban observando. Pero al pasar la mirada por el resto de pasajeros no vio a nadie que estuviese mirando en su dirección.
—No te estoy adulando —insistió su hermano—. Estás radiante porque has recuperado tus fuerzas. La última vez que te vi estabas demasiado delgada... y siempre estabas cansada. Te has dejado crecer el pelo y eso te sienta muy bien. Incluso la falda que llevas te favorece. A Benjamin le gustaba que te vistieras como una señora vieja y apagada.
Lali parpadeó y soltó una carcajada involuntaria.
—¡Gracias por hacerme sentir tan bien!
—¿Por qué siempre te niegas a creer las cosas buenas que la gente dice de ti?
—¿Eso hago? —preguntó ella, poniéndose colorada.
—Es irritante —reconoció Stefano con sinceridad.
—Eres la segunda persona que me dice eso en veinticuatro horas. Supongo que nunca me he sentido muy segura con mi aspecto.
—Deberías sentirte cómoda en tu propia piel —afirmó Stefano.
—Eso suena muy razonable... sobre todo viniendo de un hombre que se acaba de operar la nariz.
—No has perdido la costumbre de lanzarle pullas a tu hermano, ¿eh? —dijo él. Sacudió la cabeza con una triste sonrisa y la tomó del brazo para conducirla a la salida—. Vamos, salgamos de aquí. No quiero arriesgarme a que me reconozcan.
—No creo que aquí tengas que preocuparte mucho por eso —le aseguró Lali—. Mis vecinos están más interesados en el precio de la tierra y en los costes de una granja.
A Stefano le encantó el paisaje natural de Irlanda y las tortuosas y tranquilas carreteras flanqueadas de árboles. Incluso le pareció algo especial toparse con un viejo tractor conducido por un hombre aún más viejo, que amablemente les dio paso con la mano en una curva cerrada. La casa, con su extravagante techo de paja, le resultó sorprendentemente pequeña y fascinante. Hasta el cuarto de invitados ofrecía un aspecto cálido y acogedor, después de que Lali lo hubiera amueblado con sus propios muebles. La inmensa televisión que había puesto en la cocina, donde antes había estado el escritorio, hizo que Stefano abriera los ojos como platos.
—Temía que no tuvieras televisión —le confesó con un escalofrío—. No puedo vivir sin los partidos de fútbol.
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