-Nico, eres muy buen amigo mío, pero me avergüenza tu codicia -le contestó Lali muy enfadada, y colgó el teléfono.
Llamó al servicio de habitaciones y le llevaron la comida. No tenía mucha hambre, así que se pasó un buen rato hasta que terminó la taza de té y los sandwiches de pollo. Por regla general, no veía mucha televisión, por lo que se dedicó a dar vueltas por la habitación, con el sonido del fax y constantes llamadas telefónicas como única compañía.
Cuando dieron las siete de la tarde, empezó a sentirse desesperada y se preguntó por qué se había dejado intimidar y seguía encerrada en la habitación. ¿Qué importaba si alguien la veía sola?
Se fue al baño a arreglarse. Se acordó de cómo la había tratado Peter. Se había metido con ella, haciendo comentarios despectivos. Ella no había podido defenderse con la mejor arma que tenía, que era la palabra. Encima de estarle haciendo un favor inmenso, ni siquiera se lo agradecía.
A la mañana siguiente, cuando le diera el cheque, se lo rompería en la cara, para que supiera con quién estaba tratando. Levantó la cabeza un poco y se pintó los labios, dándose después un toque de sombra en los ojos. Cuando volvió al salón, Peter estaba hablando por teléfono en un tono frío y pausado.
-Mañana no puede ser -estaba aclarando, con mucha precisión-. Cuando digo que hay que actuar, espero que se actúe deprisa, no a paso de tortuga.
Lali asomó la cabeza y, cuando vio que estaba de espaldas, caminó de puntillas, tratando de no hacer ruido. En el pasillo, se puso los zapatos, sin prestar atención a los guardaespaldas. Sin embargo, cuando entró en el ascensor, el hombre más joven entró con ella. Y cuando entró en el bar del hotel, él la siguió.
Lali pensó que por lo menos así tenía alguien con quien hablar, y no aburrirse leyendo la publicidad del hotel. Porque había decidido dar un aspecto de mujer muy ocupada, para que nadie la molestara.
Todos los hombres que había en el bar giraron la cabeza al verla. Su pelo rizado le caía sobre la cara enmarcándole el rostro. Lali eligió un sitio para sentarse. Pablo llamó al camarero y empezó a toser.
-Deberías guardar cama -le recomendó Lali, cuando se dio cuenta del color enfebrecido de sus mejillas-. Pero estoy segura de que tendrías que estarte muriendo para que Peter se diera cuenta de que estás enfermo.
Frunció el ceño y empezó a toser otra vez, al tiempo que se disculpaba.
-Por favor, siéntate. Lo que necesitas es un vaso de whisky. Eso te ayudará a dormir. Se sentó en una silla y la miró un poco avergonzado. Lali pidió un whisky doble para él y le instó a bebérselo. Él movió en sentido negativo la cabeza.
-¡Bébetelo! -le ordenó Lali.
Era más obediente que Peter. De hecho, al poco tiempo de bebérselo empezó a sentirse más alegre. Pero como se expresaba en griego, Lali no pudo entender una palabra. La estaba mirando con admiración.
-¿A qué diablos crees que estás jugando? -aquella pregunta cortó el hilo del pensamiento de Lali. Levantó el vaso de vino y se lo bebió de un trago.
Pablo se levantó de pronto, tirando la silla. Vico se acercó, lo sujetó y se lo llevó hacia la salida. Peter se quedó mirando fijamente a Lali, con unos ojos tan verde como la esmeralda y tan duros como el diamante.
-No sabía que te habías ido de la habitación. Te exijo que vuelvas allí ahora mismo -le ordenó.
Peter tenía una actitud tan autoritaria, que la enervaba.
-¿Y si no voy qué me vas a hacer? ¿Me vas a dar cuarenta latigazos? He venido sólo a tomarme una copa...
-Vete arriba ahora mismo -le ordenó Peter.
-Tú Tarzán, yo, Jane -Lali echó leña al fuego y sonrió-. De eso nada.
-Tenemos un acuerdo -Peter le dijo, apretando los dientes-. Y tú te estás comportando de una forma poco apropiada. Lali echó la cabeza para atrás.
-Yo creo que estoy representando bien mi papel de advenediza -le dijo-. Una de esas mujeres que se casan con viejos ricos...
quierooooooooooooooooooooo
ReplyDeletemassssssssssssssssss
ReplyDeletenove
ReplyDeletejajajaajaj tu tarzan y yo jane buenisimo mas.
ReplyDeletequiero otro mas
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