El deseo y la decencia estaban librando una dura lucha en el interior de Peter y, por fin, salió a la superficie el buen hombre que llevaba dentro.
—Deberías pensártelo
—No —dijo Lali abrazándolo con fuerza.
Estuvo a punto de gritar que llevaba muchos años limitándose a pensar, sin hacer nada, pero sentirlo tan cerca hizo que se quedara sin palabras.
Se miró en sus ojos esmeralda y se le entrecortó la respiración. Sentía mariposas en el estómago y enseguida sintió una sensación cálida e intensa en lo más profundo dé su cuerpo que la hizo estremecerse. —
— ¿Por qué yo? —preguntó Peter besándole el cuello y deseándola cada vez
más.
Lali sentía el cuerpo incandescente y su corazón rugiendo como un coche de carreras.
—No lo sé...
—Sí, sí lo sabes...
Tenía razón. Tenía que ser Peter porque lo deseaba como nunca jamás había deseado a ningún hombre. Así de básico y primitivo.
—Eres exquisita... —dijo Peter admirando sus senos.
Acto seguido, jugueteó con sus pezones y siguió la estela de sus dedos con la lengua. Lali arqueó la espalda y gritó de placer ante la intensidad de la sensación. Lo agarró del pelo y echó la cabeza hacia atrás.
Peter siguió jugueteando con sus pezones mientras la besaba con fuerza. Lali lo abrazó y se deleitó en acariciar los potentes músculos de sus hombros y de su espalda.
—Te prometo que va a ser una buena experiencia —dijo Peter poniéndose en pie y quitándose los pantalones.
Lali lo miró fijamente. Aquel hombre era un dios. Se dio cuenta de que los calzoncillos que llevaba apenas escondían su erección. Haciendo gala de un valor que jamás había conocido, Lali le quitó aquella última prenda y se quedó mirando con los ojos muy abiertos.
¡Cielo santo! ¿Cómo...?
Peter la miró a los ojos y Lali se volvió a sentir tan excitada como hacía unos segundos.
— ¿Eres virgen? —quiso saber Peter.
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