Aunque sólo la separaban cinco kilómetros de Ballyflynn, tuvieron que recorrer a pie un sendero largo y empinado por la falda de una montaña, bordeado por arbustos que resplandecían con las fucsias silvestres. Se detuvieron varias veces para tomar aliento y admirar el increíble panorama que ofrecía la costa escarpada. Abajo, las olas del Atlántico rompían al pie de los abruptos acantilados. La granja era un edificio pequeño y ruinoso, situado al abrigo de la colina.
—Menudo lugar sería éste para alejarse de todo —comentó su hermano, en un tono de sobrecogimiento y anhelo que pilló a Lali por sorpresa—. Mira qué vista. Parece estar fuera de este mundo. No se ve un alma, y ni siquiera se divisa la carretera. ¿Puedes oír el silencio? No recuerdo cuándo fue la última vez que «oí» el silencio. Pagaría lo que hiciera falta por conseguir esta granja y reformarla.
—¡Pero mamá se volvería loca! —exclamó Lali, desgarrada entre la consternación y la esperanza. Sabía que ella recibiría toda la culpa si Stefano, el ojito derecho de su madre, se establecía en Irlanda. Al mismo tiempo, no habría nada que la complaciera más que el privilegio de ver más a su hermano.
—Tal vez sea hora de que mamá supere sus manías. No veo por qué tendría que influir en mí. Me gustaría disponer de un lugar tranquilo donde poder componer y relajarme... Aquí podría ser un tipo normal y corriente.
Stefano siempre había sido una persona con mucha iniciativa e influencia en los demás. De vuelta a casa, le pidió a Lali que llamara a Ballyflynn para ver si podía averiguar quién era el propietario actual de Slieveross. Con esa identidad confirmada, y después de una visita al abogado Eugene McNally, Stefano volvió a la casa con intención de llamar a su mánager para discutir los pros y los contras de comprar una casa en Irlanda.
—¿Hiciste mi cama antes de salir? —le preguntó desde el cuarto de invitados mientras ella preparaba un rápido almuerzo.
—No. ¡Soy tu hermana, no tu asistenta!
—Bueno, pues alguien la ha hecho —afirmó él.
Lali se acercó a la puerta.
—Seguramente fuiste tú sin darte cuenta.
—¡De eso nada! —declaró, extendiendo las manos en un rotundo gesto de rechazo.
—Pues tal vez tengamos hadas en casa... ¡Y ojalá se queden mucho tiempo si les gusta limpiar! —se burló Lali.
—No te imaginas de lo que son capaces los paparazzi —dijo su hermano con preocupación—. Alguno podría haber entrado aquí para sacar fotos o en busca de una buena historia.
—¿Y los paparazzi suelen hacer las camas de sus víctimas?
Una sonrisa borró la gravedad del atractivo rostro de Stefano.
—Está bien, ya sé que me estoy poniendo paranoico —admitió.
—No tienes de qué preocuparte. Estoy completamente convencida de que mientras estés en Ballyflynn no serás acosado por la prensa ni por nadie.
El día transcurrió rápidamente, y Lali estaba decidida a ver a Peter. Él debía de pensar que era una maleducada por no haberlo llamado enseguida para agradecerle el regalo, reflexionó ella con cierto sentimiento de culpa, aunque la
verdad era que no habría sabido qué decirle. Dejó a su hermano discutiendo animadamente por teléfono con su mánager y se fue a su dormitorio a arreglarse.
Uyyy vienen los problemassss
ReplyDeleteMaass
Aaaaaa me muero por saber qué va a pasar
ReplyDeletemasssssssssss
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