Sunday, October 11, 2015

capitulo 99

Estaba loca por él. Su atractivo, su reputación, su carisma, su sonrisa... No, no quería pensar en su sonrisa. Había sido una aventura pasajera y ya había terminado. Entonces... ¿qué le pasaba? Tuvo que detenerse a mitad de camino para calmar la respiración y apartarse las lágrimas que le inundaban los ojos.
Decidida a no levantar las sospechas de su hermano, estuvo conduciendo un rato con la ventanilla bajada, esperando que la brisa borrara los rastros de las lágrimas secas. Aprovechó para pasarse por el supermercado y comprar algo de comida. Cuando estaba pagando en la caja, vio a la hija política de Tolly, Sheila, que la miraba fijamente junto a los congeladores. ¿Qué problema tenía esa mujer? Irritada, estuvo a punto de ir hacia ella y preguntárselo. Pero entonces apareció el marido de Sheila, Robert, y los dos se alejaron.
Estaba saliendo otra vez del pueblo cuando vio a Daniela. Lali le hizo señas con la mano y buscó frenética un lugar para aparcar en la concurrida calle, pero cuando finalmente detuvo el coche la joven se había esfumado. Lali frunció el ceño, pues estaba segura de que Daniela la había visto. ¿Se habría confundido? ¿O quizá había algo más en el repentino silencio de Daniela? Entonces recordó la nota que le había enseñado a Peter y se puso pálida. Era muy posible que Daniela estuviese enfadada por eso y considerara que Lali había traicionado su confianza al entrometerse.
Cuando llegó a casa, se sorprendió al encontrar a Stefano y a Gas viendo un partido de fútbol en amigable compañía, como si se conocieran de toda la vida. Con sendas botellas de cerveza en la mano, los dos se pusieron a gritar como locos cuando uno de los equipos marcó un tanto.
—Así que ya os habéis conocido... —dijo Lali con la voz más despreocupada que pudo.
—Sí... ¡Eh, fíjate en ese regate! —exclamó Stefano, con la vista pegada a la pantalla.
Lali se rió de sí misma por haber temido que su hermano notara que había estado llorando. Stefano no se habría dado cuenta de nada... a no ser que ella se interpusiera entre la pantalla y él.
—¿Vendréis esta noche al ceidlih? —les preguntó Gas cuando acabó el partido—.
Será una noche estupenda de música y diversión.
—No me lo perdería por nada —dijo Stefano.
—¿Qué ha pasado con tu miedo a ser reconocido? —le preguntó Lali cuando Gas se marchó. Su hermano le lanzó una mirada de satisfacción.
—Le he dicho mi nombre a Gas, e incluso que soy músico, y no ha mostrado ninguna reacción. No tiene ni idea de quién soy. Y si alguien de su edad no me reconoce, ¿quién podrá hacerlo? ¿Por qué no me habías dicho que el pub del pueblo es famoso por su música tradicional? Me encantan ese tipo de cosas.
—¿Te refieres a Dooleys? ¿Es famoso? No lo sabía.
—Gas parece un buen tipo —declaró Stefano, como si estuviera dándole su aprobación.
—Somos sólo amigos.
Lali descubrió que las puertas al fondo del minúsculo bar que había visitado daban a una sala amplia de techo bajo, con suelo de losas y un alegre y crepitante fuego. Un grupo de ceidlih, compuesto por un violinista, un acordeonista y un tipo
con un silbato, amenizaba el ambiente. La atmósfera era muy agradable, y los asistentes tatareaban la melodía y seguían con los pies el ritmo de la música.

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