-¡Te odio! ¡Te odio! -gritó Lali al entender lo que él le había hecho. Durante un momento pareció que luchaba, y retorció y agitó el cuerpo hasta que el calor de su sangre ya no fue suficiente para sostener su energía.
-¿Has terminado? -Peter metió sus largos dedos en el húmedo y alborotado cabello de ella, a la vez que escuchaba el jadeo de su respiración-. ¿Y a qué se debe todo esto? -la interrogó insidioso-. ¿Temes pasar un buen rato? -colocó una mano sobre uno de sus henchidos senos-. Estás a mi lado, ¿para qué anhelar lo que no tienes?
-Maldito seas... -masculló Lali, aunque sentía que en su interior surgía un fuego que se acrecentaba a cada momento.
Peter la despojó de la seda y los encajes del sujetador e inclinó la cabeza para buscar las rosadas y erectas puntas de sus senos. Lali sintió una mezcla de anhelo, desesperación y seducción que la hacía estar a punto de perder el control. Por fin, dejó de luchar y se apoderó de ella un deseo que se abrió paso a través de su resistencia.
En medio de aquella tormenta, sólo existían Peter y el ardiente deseo que la quemaba hasta la misma médula de los huesos. Lloró y jadeó sin darse cuenta de la mirada de dominio y triunfo que él le dirigió al titubear un instante antes de poseerla, y ni siquiera el dolor evitó la instantánea explosión de placer que la hizo añicos y la dejó partida en un millar de fragmentos.
Después, Lali se escondió bajo las sábanas, incapaz de recoger los incriminantes pedazos de sí misma o de olvidar lo que su memoria fotográfica había grabado mientras su valor, su dignidad y su moralidad quedaban destrozados.
Por el ruido del agua, se dio cuenta de que Peter estaba en la ducha. El ruido del agua cesó y entonces esperó a oírlo vestirse, pero no lo oyó volver al dormitorio, hasta que sintió un espasmo que le produjo uno de los dedos de Peter al acariciar su espalda. -Lali, ¿acaso tenías la esperanza de que yo volviese?
-¡Te odio! -exclamó.
-Creo que tengo apetito. Cuando termines de ducharte, reúnete conmigo en la sala -le ordenó.
Él había tomado su virginidad, pero no parecía ni apesadumbrado ni arrepentido. ¿Y por qué iba a estarlo? Los días en que los hombres respetaban la virginidad habían pasado hacía mucho tiempo. Peter. Su esposo. Un sonido mezcla de risilla y sollozo estremeció su tenso cuerpo y ella sepultó el acalorado rostro entre las almohadas. Peter, en quien confiaba... sí, confiaba en él y lo respetaba y, en un diminuto rincón de su subconsciente, Peter aún llevaba la calidad de héroe al que sólo le faltaba un caballo blanco y un par de botas de pirata en su inmaculada fantasía infantil.
Él no era su esposo, y ella no se sentía más casada que él. Se sentía violada, pues la había despojado de toda su intimidad y la había dejado desnuda y vulnerable. ¿Pero cómo había sucedido eso? Ella no comprendía cómo era posible que Peter la hubiese conducido a tal estado de pasión. Benjamin era el hombre a quien ella amaba. Benjamin, con su personalidad transparente y sus anticuados principios. Peter tenía una belleza tan
traicionera como la de un glaciar y, a semejanza del hielo, quemaba. ¿Por qué el amor que sentía por Benjamin no le habría conferido inmunidad?
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