-Menos de un metro -replicó ella con enojo. ¿Pero qué esperaba? ¿Que él se disculpara apenado por haber dudado de ella?
-Supongo que volverás a ponerte en contacto con él -insinuó Peter con una gélida mirada.
Lali permaneció callada, pues pensaba en lo humillada que se sentiría si tuviera que confesar que había sido remplazada por una exuberante rubia.
-¿Cómo crees que reaccionará? -prosiguió Peter-. ¿Lo he echado yo todo a perder?
Anonadada, Lali se dio cuenta de pronto de la verdadera intención de las preguntas de Peter. Le hacía saber que esperaba que le fuese posible reanudar sus relacíones con Benjamin. Cuando le prometió que no volvería a hacerla sufrir, en realidad le decía que su matrimonio había terminado.
-Te he hecho una pregunta -le recordó él.
-Benjamin comprenderá -respondió Lali, pues estaba claro que eso era lo que él deseaba escuchar. Cualquier cosa, para evitar que profundizase. Era demasiado humillante oirlo hablar con toda calma de Benjamin. Como si ella fuese un paquete transferible.
-En Dominica tengo una casa que pretendo convertir algún día en hotel. La isla es muy tranquila y podríamos quedarnos allí. Por supuesto que yo tendré que efectuar algunos viajes rápidos en avión por asuntos de trabajo -su tono de voz era de una frialdad exasperante-. Necesitas descansar y tranquilizarte, así que estaremos fuera varias semanas.
Pero lo sucedido estaba grabado a fuego en el alma de Lali y no le sería nada fácil olvidarlo.
-¡Ahora puedes mirar! -Peter quitó las manos de los ojos de Lali y ante ella quedó la espectacular vista de las cataratas Trafalgar bañadas por el sol mientras caían contra las negras rocas del fondo-. ¿Verdad que ha valido la pena la subida?
-Sí -respondió ella distraída. En más de una ocasión, a lo largo de las tres semanas transcurridas, tuvo la tentación de pellizcarse para comprobar la veracidad de su estancia allí, en Dominica, con Peter tan atento y amable durante todo el tiempo. Aquel terrible día en Londres parecía muy lejano.
Habían dado muchos paseos juntos, aunque Peter pasaba dos o tres días a la semana en Jamaica, tiempo que Lali se quedaba en la casa de estuco blanco, con Hannah, y que aprovechaba para tomar baños de sol y leer algún libro interesante. Engordó y su cutis adquirió un saludable tono dorado pálido. Se enamoró tanto de la isla como de la casa. Dominica era un hermoso paraíso de la naturaleza y atraía más estudiosos de la botánica que turistas, por lo que, era un sitio lleno de tranquilidad.
Peter le echó hacia atrás el ala de su sombrero para dirigir una mirada burlona
hacia su absorto rostro.
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