Al día siguiente, cuando bajó a desayunar, tenía los ojos hinchados.
-Grant y Mei Ling tardarán varias horas en aparecer -anunció Peter-. Siento mucho lo de anoche.
Ella dejó en la mesa su vaso de zumo de frutas.
-Ya veo que es cierto lo que se dice acerca de las noches tropicales -bromeó con determinación-. Quería decirte que creo que ya es hora de que yo vuelva a Londres. Sé que no lo hemos discutido de manera abierta, pero...
-Pero... ¿qué?
Lali tragó saliva.
-Ambos sabíamos que no me podía quedar aquí para siempre y, además, me... me gustaría ver a Benjamin -sugirió.
-Creo que eso es una tontería; todas las chicas saben que a los hombres no les gusta que los persigan. Piénsalo bien y no actúes como una tonta.
Ella se puso primero blanca y después roja al enfrentarse a aquel frío y descarado escrutinio. Si Peter esperaba que Benjamin apareciera por allí, entonces ella nunca se iría y tendría que quedarse y arriesgarse a que él adivinase cuáles eran sus verdaderos sentimientos. Tampoco deseaba presenciar un idilio entre Mei Ling y Peter.
-Termina tu desayuno, Lali. Vamos a ir a visitar el Parque Nacional.
Para Lali fue imposible gozar del panorama; ni siquiera de la Poza de las Esmeraldas, una piscina natural alimentada por una caída de agua de indescriptible belleza; o de los helechos gigantes y las orquídeas silvestres que crecían en una increíble profusión de colores
-Es un lugar hermoso -respondió cuando Peter le pidió su opinión-. Nunca voy a olvidar esta isla.
-Anoche tomé una decisión -expresó él-. En vista de que a ti no te gustaría ver la casa convertida en hotel, voy a hacer que la arreglen y te la regalaré. Así no tendrás que olvidar a la Dominica, pues tendrás en ella un pequeño rincón propio.
Ella no pudo creer lo que sus oídos escucharon y se volvió hacia Peter.
-¡Pero yo no quiero que me la des! -exclamó horrorizada.
-De todas maneras te la voy a dar -sus fuertes mandíbulas tenían un aspecto agresivo-. Quise que lo supieras antes de embarcarnos en el yate. Es algo que de verdad deseas, pero que no me habrías pedido nunca. Las joyas no te agradan mucho, ¿verdad?
Ella se ruborizó con tristeza. Peter no había régresado ni una sola vez de Jamaica con las manos vacías. Un brazalete de diamantes, un collar y un anillo yacían en el interior de una caja que ella tenía sobre su tocador, pues le parecían una compensación por haber compartido su cama, aunque fuese durante breve tiempo. Y ahora una casa.
-Son muy bonitas... -titubeó al no desear ofenderlo.
-Si te las hubiera regalado Benjamin, entonces te sentirías feliz, ¿o no?
A pesar del calor, ella sentía una extraña frialdad.
masssssssssss
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