No había nada en su tono de voz que insinuara algo diferente. Se apartó de ella sin ninguna prisa, pero Lali sintió cómo la traspasaba su frialdad y supo al instante que se había dado cuenta. Naturalmente que se había dado cuenta, se recriminó a sí misma con severidad. ¡No era precisamente duro de oído! Era imposible que no oyera cómo lo llamaban por un nombre distinto en un momento tan íntimo y personal.
—Peter... ¡no sé cómo me ha pasado! —exclamó. El pánico le hizo soltar las palabras tan rápidamente que casi se tropezaron unas con otras—. Seguramente creerás que estaba pensando en Benjamin, pero te juro que no es así. Hoy no he pensado ni una vez en él... ¡Por supuesto que no! ¿Cómo iba a pensar en él cuando estoy contigo?
Peter se encogió ligeramente de hombros. Su pétreo rostro permanecía impasible, y sus ojos habían perdido todo su brillo. Un frío glacial traspasó a Lali: sabía que no estaba escuchando sus excusas.
—¿Importa? —preguntó él suavemente.
—Sí, claro que importa... ¡Importa mucho! —declaró ella con voz ahogada—. He sido una imprudente y una desconsiderada, pero por favor, créeme si te digo que no significa lo que piensas.
—No presumas de saber lo que yo pienso.
Lali se puso pálida. Tenía la piel húmeda y el estómago revuelto. Peter volvía a ser un hombre intocable e indiferente hacia ella. Entró con la misma elegancia calculada en el cuarto de baño y al momento siguiente se oyó el agua de la lluvia. A Lali le castañeteaban los dientes, hasta que se dio cuenta y los cerró con fuerza para detener aquella reacción nerviosa. Pero seguía estando dominada por un frío mortal, sin poder comprender cómo había podido torcerse todo con fulgurante rapidez. En un momento todo había sido maravilloso, y al siguiente todo había desaparecido, como un espejismo, dejando atrás un recuerdo burlón...
Con el cuerpo rígido y tensionado, Peter se apoyó de espaldas contra la pared de azulejos de la ducha, tan grande para albergar una fiesta, y poco a poco fue abriendo los puños. Gracias a su sorprendente fuerza de voluntad consiguió templar su temperamento, aunque seguía estando enfadado con ella, lo cual era una reacción perfectamente natural. Después de todo, nunca le había pasado algo así. Había oído historias de experiencias similares y había estado totalmente convencido de que ninguna mujer cometería jamás un error semejante en su presencia. Que lo llamaran por el nombre de otro en su propia cama era una ofensa intolerable. Y aún lo irritaban más los patéticos intentos de Lali por enmendarlo. Él no era ningún estúpido. Era obvio que Lali había estado pensando en Benjamin. ¡Posiblemente cerrando los ojos e imaginándose que era su ex novio quien la abrazaba! Sólo de pensarlo volvía a sentirse invadido por la furia y la indignación. Cuando salió del cuarto de baño, el teléfono estaba sonando. Con una toalla alrededor de sus angulosas caderas, fue a responder. Atendió la llamada con el ceño fruncido, afirmó que arreglaría la situación, masculló una breve disculpa y volvió a colgar.
—¿Puedes estar lista para salir en quince minutos? —le preguntó adustamente a Lali—. Tengo que volver enseguida a Ballyflynn. Una ha vuelto a fugarse de la escuela.
Maasss
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