— Gimena ha sido muy buena conmigo...
— ¡No cuando te continúa metiendo a mi nieto garganta abajo! Pude
presentir, desde que tenías 16 años, que jamás te casarías con Gaston. Él no es
hombre para ti.
Lali dejó escapar un suspiro. A veces Alejo la perturbaba. Leía su
mente como si fuese un libro abierto.
— Eso era tan claro como la luz del día —continuó. — Por el hecho de
que Gaston se parece a Nicolas, Gimena creía que todo saldría bien entre ustedes y
se casarían.
— Pero yo lastimé mucho a Gaston.
— Y lo lastimarías mucho más si cedieras a las insistencias de tu
hermana para que se casasen. —después de una pausa, Alejo preguntó: —
¿Es un ruido de coche lo que estoy oyendo?
Lali giró la cabeza en el mismo instante en que un auto entraba por el
jardín. Una Ferrari. Quedó paralizada en el lugar donde estaba.
— ¿Quién es? —Alejo rumió.
Peter saltó del coche, sin darse el trabajo de cerrar la puerta. Atravesó
la grama en largos pasos y se sacó los lentes de sol, poniéndolos en el bolsillo
del saco.
— La Mafia llegó —susurró Alejo
, divergiéndose.
Lali quedó devastada. Sólo de ver a Peter tuvo la sensación que él la
agarraba del cuello.
— Voy a llevarte de regreso a Londres conmigo —dijo él agresivamente.
— No te preocupes en hacer las maletas, ¡sólo entra en el auto! Me encargaré
que traigan tus cosas más tarde.
Alejo lo miró con intenso interés. Y Lali recordó inmediatamente las
mentiras que contara en Londres, dando a entender que tal vez hubiese alguien
que se interesaba por ella en el lugar donde pasaba los fines de semana.
— Y, en cuanto usted —Peter declaró, dirigiéndose a Alejo, — si ya no
estuviese más con un pie en la tumba que con los dos en el suelo, lo enterraría
ahora mismo. ¿No ve que Lali podría ser su nieta?
— ¡Peter! —Lali lo reprendió.
Alejo encaraba a Peter, con sus brillantes ojos negros. Parecía
divertirse.
— ¿Él es siempre así? —preguntó el viejo. — ¿Ó fue mordido por una
serpiente?
— Peter... Te mentí...
— ¿Sobre qué? —él la arrastró al coche.
En aquel exacto momento, alguien encendía el motor.
— ¡Oh, mi Dios! —Lali gimió, al ver el lazo de cinta roja que ella
colocara en los cabellos negros de Alegra. La niña se sentaba en el asiento del
conductor.
Peter fue el primero en llegar al auto. Agarró a Alegra y la sacó del
coche. La niña reaccionaba con puntapiés, a los gritos. Ella no lo vio acercarse, y se divertía al volante. Lali quedó aterrada cuando Alegra enterró sus
dientes en la mano de Peter.
— ¡Dio! ¡Es un animalito! —él miraba su mano.
No comments:
Post a Comment