—Tienes el tiempo justo para recoger tus cosas y marcharte de aquí —le espetó—. Yo me ocuparé de cancelar los preparativos de la boda.
—¡No puedes estar hablando en serio! —replicó Candela horrorizada—. ¡Estamos hechos el uno para el otro!
Peter se dio la vuelta y salió del dormitorio. Mientras tanto, Candela no le perdía paso y le suplicaba constantemente que se calmara y se pensara lo que estaba haciendo. Ya en el recibidor, se interpuso entre la puerta y Peter para evitar que este se marchara.
—¡Si se lo cuentas a la gente, arruinarás mi carrera!
Peter se limitó a agarrarla y a apartarla de su camino.
—Dio mio...
No se lo diré a nadie.
—Entonces, ¿por qué no puedes perdonarme? Tammy no significa nada para mí. No es como si ella fuera otro hombre o que yo estuviera enamorada de ella. Te quiero a ti, Peter...
¿Que lo quería? ¿Lo habría querido alguna vez o acaso era la enorme riqueza de Peter lo que más la había atraído? Él recordó que Candela tenía gustos muy caros, que superaban incluso lo que su poder adquisitivo le permitía. A la semana de que Peter la hubiera pedido en matrimonio, le había presentado una numerosa serie de facturas que debía y le había dicho que era un desastre con el dinero. Peter se había sentido impresionado por su sinceridad y, poseído por un sentimiento de protección, le había cancelado las deudas sin pararse a pensar en lo que estaba haciendo.
Peter se concentró de nuevo en el presente y se soltó de Candela. Entonces, sin mirar atrás, salió del apartamento y se dirigió al ascensor. Entonces, levantó una mano y vio cómo esta le temblaba. De repente, la furia volvió a apoderarse de él y, tras apretar de nuevo los puños, golpeó con gran agresividad la pared. El dolor se abrió paso a través de todo su cuerpo. Sintió por fin el dolor que tanto se había negado a creer. Había amado a Candela, la había amado con todo su corazón y había querido casarse con ella.
Ella le había asegurado que aquello solo había sido sexo. ¿Acaso no había sido él suficiente para satisfacerla? Evidentemente no.
Cuando llegó a la planta baja, sus guardaespaldas se pusieron de pie para recibirlo, completamente sorprendidos de que hubiera vuelto a bajar. Sin embargo, Peter no les prestó atención y salió al exterior. Allí, aspiró el aire helado de la noche antes de cruzar la calle para acercarse a su limusina. ¿Habría estado Candela pensando en otras mujeres cuando los dos estaban en la cama? ¿Habría fingido el placer? ¿Habría sido fingido el ardiente deseo que había mostrado cuando hacían el amor? ¿Habría sido todo ello parte de un astuto plan para cazar a un marido rico? ¿Cómo podría haber sabido tan poco
sobre una mujer con la que había estado casi dos años?
—Le sangra la mano, jefe. ¿Se encuentra bien?
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