En Dooleys, Stefano estuvo tocando con el grupo. Su talento con la flauta fue apreciado por el silencio del público mientras tocaba y por los prolongados aplausos que siguieron.
—No puedo creer que sólo me queden un par de días para estar en Ballyflynn —le confesó a su hermana—. Quiero que sepas que me lo he pasado genial y que he hecho grandes amigos. Aunque no pueda comprar Slieveross vendré con regularidad.
—Me encanta que estés aquí.
De repente su hermano dejó su bebida con una exclamación ahogada y se levantó.
—¿Qué pasa?
Stefano sacudió la cabeza y volvió a sentarse.
—He creído haber visto a una chica que conozco, pero debo de haberlo imaginado. Aquí dentro hay muy poca luz.
Lali pasó la vista por la abarrotada sala justo cuando una figura alta y familiar apareció en la puerta. Era Peter. Algunas personas lo llamaron cuando se acercó a la barra a pedir una cerveza. Con sus largos dedos rodeando una jarra de Guinness, se giró para observar la estancia y a Lali le dio un vuelco el corazón. Vestido con un jersey azul marino y unos vaqueros desgastados, estaba endiabladamente sexy. Cuando miró en su dirección, Lali apartó la mirada. Tenía el rostro ardiendo.
Peter se acercó entonces a su mesa y le pidió con la mayor naturalidad que le presentara a su hermano. Lali observó anonadada cómo se sentaba con ellos y se ponía a hablar con Stefano. Un murmullo de interés recorrió el bar y todas las miradas se concentraron en su mesa. Peter adoptó una expresión divertida por la estupefacción que su llegada había provocado en Lali y se recostó en la silla para seguir hablando con Stefano con una confianza asombrosa. Siendo un hombre tan sumamente reservado, no dejaba de ser sorprendente el esfuerzo que había tenido que hacer para conocer a Stefano.
—¡Realmente tienes poder de atracción, nena! —le susurró Gas cuando pasó junto a ellos—. Peter no suele venir por aquí.
Stefano fue invitado a volver al escenario para seguir tocando, pero para sorpresa de Lali declinó la invitación alegando estar muy cansado. Entonces le ofreció una sonrisa de disculpa a Peter y le pidió a Lali que lo llevara a casa.
—Estaremos en contacto —dijo Peter con una expresión divertida en sus ojos.
Stefano esperó a que Lali y él salieran al aparcamiento para encararla.
—Peter Lanzani... ¡El maldito Peter Lanzani! Eso tampoco ibas a decírmelo, ¿verdad?
—¿Decirte qué? —preguntó ella, perpleja. No se había dado cuenta de que Peter hubiera sido tan franco sobre su identidad.
—¡Que el mayor mujeriego del mundo occidental es tu vecino y tu socio en las cuadras! —espetó Stefano—. Casi me caí de la silla cuando supe quién era. Déjame que te diga una cosa: ¡ningún hermano que se precie de serlo permitiría que su hermana cayese en las garras de un hombre con la reputación de Lanzani!
Quiero mas
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