—Pensaba que ya te lo habías imaginado. Yo consigo recuperar mi vista y a cambio tú obtienes unas cuadras nuevas con las que hacer negocios. También ganas los servicios de un mozo de cuadra a jornada completa. Sólo tengo un par de caballos aquí, y David podría ocuparse de más trabajo.
Lali observó a Peter con perplejidad.
—No puedo creer que estés hablando en serio. ¿Me estás ofreciendo todo esto a cambio de unos cobertizos en ruinas? ¿Cuál es la trampa?
—No hay ninguna trampa —dijo él, mirándola impasible—. No tienes que morder todas las manos que intenten darte de comer.
Aunque su enervante tranquilidad la irritaba, el instinto le decía a Lali que había mucho más bajo la engañosa frialdad que Peter mostraba.
—Pero tiene que haber... quiero decir, para empezar, instalar un negocio aquí no sería nada práctico... ¡No puedo ocuparme de unos caballos que tenga a cuatro kilómetros de mi casa por carretera!
—Eso no es problema. Voy a reabrir el camino que se unía al que pasa por detrás de tu casa. Tú y tus clientes podéis usarlo como atajo. También ayudará a alejar el tráfico de Lanzani Court. El mozo de cuadra vive en un apartamento justo encima de las cuadras, por lo que siempre podrá ocuparse de cualquier emergencia.
Lali había esperado que Peter le pusiera todos los obstáculos posibles. Y en vez de eso le estaba ofreciendo una oportunidad única en la vida.
—También me gustaría discutir la posibilidad de cambiar el campo que tienes frente a tu casa por uno adyacente al camino. Así podría replantar varios de los árboles que fueron cortados.
Lali soltó una prolongada espiración.
—Lo pensaré.
—Excelente —dijo él. Se dirigió hacia el maletero del coche y sacó una botella de champán y dos copas.
—¿Qué estamos celebrando? —preguntó ella, desconcertada una vez más. Empezaba a apreciar ese comportamiento imprevisible que convertía a Peter Lanzani en un rival tan poderoso en el mundo de los negocios.
Peter descorchó la botella y sirvió el líquido dorado y espumoso en las delicadas copas de cristal.
—Vamos a beber por mezclar los negocios con el placer.
—Pero yo no... —las burbujas le hicieron cosquillas en el labio al tomar un sorbo.
—Normalmente, yo tampoco —dijo él. Dejó la copa y se acercó perezosamente a ella—. Pero me encanta quebrantar reglas.
A Lali le dio un vuelco el estómago.
—¿Estás dispuesta?
Sin previo aviso, le quitó la copa de la mano. Sus ojos parecían despedir chispas cuando, muy lentamente, la atrajo hacia su cuerpo fuerte y musculoso.
El corazón de Lali empezó a latir tan frenéticamente como un juguete al que acabaran de darle cuerda. Sabía que debía adecuar sus palabras a su comportamiento y escapar, pero todo su ser luchaba contra el poco sentido común que le quedaba.
—Anoche había estado bebiendo...
—No te pongas tan seria —la censuró él con ironía. Lali se ruborizó hasta las orejas.
—Estoy pensando que... somos socios... y luego está Benjamin...
Peter se encogió despreocupadamente de hombros.
—Eso depende de ti. Vas a tener dos semanas para pensarlo.
—¿Dos semanas? —Lali ahogó un gemido involuntario—. ¿Piensas estar fuera tanto tiempo?
Una sonrisa iluminó los pétreos rasgos de Peter.
—Me encontraré contigo el viernes a las seis de la mañana... y daremos un paseo por la playa. Tengo a una yegua para hacerle compañía a mi caballo castrado. Sácala de vez en cuando mientras estoy fuera.
Consultó la hora en su reloj y llevó a Lali de vuelta a casa. Lali se sentía desgarrada por la duda y la indecisión. ¿Qué debía hacer? ¿Lanzarse a la aventura o no?
—Por cierto —murmuró él cuando ella abrió la puerta para salir—. No me gustan las aventuras de una sola noche.
Lali a punto estuvo de caerse de bruces.
—Ni a mí tampoco.
—Podrías haberme hecho creer lo contrario.
Otroo
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