Masticando un trozo de pan recién sacado del horno y deleitándose con el sabor aromático de las hierbas, Lali yacía en la tumbona con una copa de vino tinto. Se preguntó perezosamente qué había pasado con su imperiosa necesidad de trabajar a todas horas y por qué se sentía tan satisfecha consigo misma en vez de verse invadida por la culpa.
Sobre ella, un cedro proyectaba un amplio arco de sombra que la protegía del sol de la tarde. Desde la terraza, por encima de la piscina que relucía como un espejo, podía ver los campos de maíz y tabaco que se extendían en el extremo más alejado del valle, y los huertos, olivares y vides cargadas de uvas que dominaban los terrenos más cercanos.
Era un momento de perfecta plenitud y Lali lo sabía. Un momento en el que la felicidad no conocía límites y caía sobre ella como el sol estival, envolviéndola por completo. Sentía que el cuerpo le pesaba deliciosamente por el placer que Peter le proporcionaba. Una sonrisa curvó sus labios rosados. Llevaban dos semanas allí. El tiempo pasaba como una interminable nube idílica en compañía de un amante sin parangón.
Cada día una exquisita selección de platos acompañados de pan recién hecho aparecía como por arte de magia en la mesa de la cocina. Dos hermanas, Donata y Benedetta, se ocupaban de la casa, y respetaban tan escrupulosamente la intimidad de Lali y Peter que apenas se las veía. Sus hermanos, que se dedicaban a cultivar la tierra, eran igualmente discretos.
Peter y Lali habían salido de la fattoria en unas pocas ocasiones, tan sólo. Al frescor de la tarde él la había llevado a visitar los pueblos medievales de los alrededores, para pasear por las estrechas calles empedradas y cenar en pequeños y acogedores restaurantes donde sólo cabían unos pocos clientes. Peter conocía los mejores lugares para comer y comprar. Cada vez que ella se fijaba en algo él insistía en comprárselo, por lo que Lali no tuvo más remedio que decirle que se sentía bastante cohibida con tantos regalos, no siendo ella precisamente una cazafortunas.
—Pero a mí me gusta regalarte cosas —le había dicho Peter sin dudarlo—. No me cohíbas tú a mí.
De modo que Lali había aceptado el collar de oro con un precioso colgante de San Francisco de Asís, que Peter había querido regalarle para conmemorar la visita de la ciudad de Asís y su basílica, hecha por petición expresa de Lali. También tuvo que aceptar el reloj de oro que le compró porque, según él, iba muy bien con ella. Al oír que habían impuesto un embargo sobre los artículos caros, le había comprado un pañuelo pintado a mano, un bolso de artesanía que era una verdadera obra de arte aunque demasiado elegante para un uso práctico, y un caballo de cristal en el que Lali había posado la mirada durante un breve segundo. «Basta», había acabado suplicando, y había logrado convencerlo para que concentrara en su hermana su afán de generosidad.
El día siguiente sería su último día. Peter era tan reacio como Lali a dejar Italia. Pero parecía apropiado que finalmente compartieran un día con otras
personas, y por eso Peter había aceptado una invitación para ambos a la boda de una de sus primas. Desde su llegada, la única persona con la que Lali había hablado había sido Daniela. La joven la llamaba cada dos días, y en los días alternos llamaba a Peter, sin preguntar en ningún momento si estaban juntos en Umbria.
Aquella noche, estaban paseando entre los robles que había tras la casa.
Maasss
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