—Sí, pero estoy llegando a la conclusión de que esa curiosidad no me conducirá a nada y que hay cosas mucho más importantes de las que ocuparse en esta vida.
La fragancia de los lirios impregnaba el aire. Estaban siguiendo un tortuoso sendero a través de un bosque de robles y acebos que se extendía por un valle, al abrigo del viento. El silencio llenaba a Lali con una sensación de paz. Los troncos retorcidos y las rocas desgastadas estaban cubiertos por una capa verde de musgo y liquen. Los helechos frondosos se entremezclaban con las acederas, y las silenes rojas crecían bajo los árboles.
—Es un lugar maravilloso —dijo Lali con un suspiro—. Si me dices que hay hadas escondidas por aquí, te creo.
Unos minutos después, Peter detuvo a su castrado en un claro cubierto de hierba. Desmontó y ayudó a Lali a bajarse de Bola de Nieve.
—Según la leyenda éste es el corazón del bosque, y la magia es más poderosa donde un roble, un fresno y un espino crecen juntos.
Lali lo miró a los ojos y sintió que se le aceleraba el corazón.
—Nunca hubiera imaginado que conocías las leyendas y tradiciones populares.
Entonces la boca de Peter se fundió con la suya y Lali se perdió por completo en la magia. Embriagada por su sabor, se estremeció de emoción por la reacción que él provocaba en ella. Nunca había sentido nada igual, y el deseo era como una corriente vigorizante que recorría su cuerpo.
Él levantó la cabeza, con el pelo revuelto por los dedos de Lali, y esbozó una sonrisa lenta y seductora.
—Me tienes hechizado, a mhilis.
Lali intentó que no la delatara su decepción cuando él la soltó con la misma naturalidad con la que la había tomado minutos antes.
—¿Eso es gaélico? ¿Conoces la lengua? —le preguntó.
—Como un nativo... ¡A Valente lo sacaba de quicio! —respondió él con un brillo de regocijo en la mirada. Agarró firmemente las riendas de Bola de Nieve y ayudó a Lali a que volviera a montar.
El bosque dejó paso a una extensión de pasto que llegaba hasta las dunas. Lali pudo oler el fuerte olor salado del mar. El castrado de Peter aceleró el trote, pero Bola de Nieve bajó con mucho más cuidado hasta la playa.
—La próxima vez monta mi yegua —le dijo Peter con rotundidad.
—No se me da muy bien aceptar favores.
—No hay problema... Encontraré algo que puedas hacer por mí a cambio — respondió él en tono burlón, provocando que a Lali se le subiera el rubor a las mejillas.
El color del Atlántico era tan azul como el cielo, pero mucho más vivo. Las olas golpeaban las rocas y levantaban cascadas de espuma antes de romper en la playa, extendiéndose sobre la blanca franja de arena con un suave murmullo.
Lali espoleó a Bola de Nieve para que marchara al trote, disfrutando de la tonificante brisa marina. Su montura no podía competir con la de Peter, y contempló maravillada cómo se lanzaba al galope sobre la arena. Era un jinete excelente.
Cuando ella se bajó de Bola de Nieve para investigar una piscina natural entre las rocas, él regresó a medio galope a su lado.
Me encantaa massss
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