El domingo por la noche Lali cenó con la madre de Gas. Al verse tratada como una invitada de honor, le resultó evidente que la señora Dalmau había visto en ella a una buena novia para su hijo, así que ignoró educadamente todas las insinuaciones de aquella mujer tan autoritaria y resuelta y consiguió marcharse sin ofenderla.
Pablo también se había pasado a verla aquella tarde y la había invitado a ir a Dooleys. Lali rechazó la invitación con toda la discreción que pudo.
No fue hasta la semana siguiente cuando por fin tuvo la ocasión de ir a la tienda de regalos del pueblo y comprar los pendientes que había visto para la mujer de su padrastro.
Por suerte, los pendientes aún no se habían vendido. Mientras esperaba a que la dependienta los sacara del escaparate, tuvo la sensación de estar siendo observada y giró la cabeza. Una mujer morena y elegante que estaba ordenando los estantes la miraba fríamente desde el otro lado de la tienda. Lali se puso colorada, pero enseguida se preguntó por qué había llegado a esperar que toda la gente del pueblo la saludara con una cálida sonrisa.
—Robert... ¿no ibas a montar esta mañana la nueva exposición en la galería? — preguntó la morena en tono mordaz a un hombre mayor y obeso que había salido de la parte de atrás de la tienda con una gran caja de cartón en los brazos—. Tendrás que ponerte a ello si quieres acabar a tiempo.
Mientras Lali confirmaba que se llevaría los pendientes, la mujer se los arrebató a la dependienta y los pasó en silencio por la caja registradora.
—Así que tú eres la hija de Cielo, de Inglaterra —comentó mientras le daba el cambio a Lali—. ¿Estás pensando en quedarte aquí mucho tiempo?
—Para siempre, espero —respondió ella. Guardó cuidadosamente el diminuto paquete en el bolso y levantó la mirada con una sonrisa—. ¿Conocía usted a mi madre?
La mujer le lanzó una mirada llena de desprecio.
—No tanto como la conocían los hombres... si sabes a lo que me refiero.
La respuesta pilló completamente desprevenida a Lali.
—Creo que prefiero no saberlo —murmuró, poniéndose rígida.
—Como quieras.
Con el rostro ardiéndole, Lali salió de la tienda prometiéndose que aquélla era la última vez que compraba allí. ¿Qué habría hecho Emilia para despertar tanta antipatía? Era muy probable que aquella mujer morena hubiese ido a la escuela con su madre. Emilia había admitido sin tapujos que prefería la compañía de los chicos a la de las chicas, y con frecuencia se quejaba de que su aspecto y la popularidad que gozaba entre los hombres provocaban la envidia de las demás mujeres. Seguramente el estatus y la fortuna que había conseguido desde que abandonara Ballyflynn habían contribuido a agravar los celos.
—¡Señorita Esposito! —la llamó una hosca voz masculina detrás de ella.
Lali se detuvo y se dio la vuelta. Un hombre de complexión baja y gruesa, con un rostro redondo, alegre y barbudo, se esforzaba por alcanzarla.
—¿Sí?
—Soy Camilo Estrella...
sera que esa mujer sabe algo del papa de lali, o emilia se metio con un novio de ella me dejaste intrigada con esa parte
ReplyDeleteme fasina la novela, espero el proximo capitulo
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